Jueves por la tarde. Cuatro amigos se reúnen, platican de su día, del trabajo, de lo pesado que puede ser el ritmo diario. Y en estas conversaciones se empieza a abrir un pequeño oasis, un espacio donde desconectarse, donde recordar por qué vale la pena disfrutar la vida ¿El detonante? La comida, el amor por la gastronomía, los rituales que se dan en torno a ella, los mundos que nos permiten descubrir.
El ritual se repite cada semana en un restaurante diferente, en un mundo culinario distinto. Y como con toda aventura, viene lo emocionante del descubrimiento, pero también las complejidades y vicisitudes del viaje: servicios descuidados, platillos mal elaborados, ingredientes de dudosa calidad. Y entonces la idea de oasis no se realizaba por completo.
Es entonces cuando estos cuatro amigos deciden demostrarle al mundo, no sólo cómo se crea un pequeño paraíso de éstos que se dan en la mesa, sino compartirlo con el resto de la gente. Es así como surge Bardo, una sobremesa para todo el mundo, una puerta a la magia que ocurre cuando la gastronomía, el servicio y la buena bebida hacen que la realidad se sienta como algo bueno. El restaurante al que estos amigos, o cualquier persona, siempre querrá volver.
Bardo es un caso curioso en la gastronomía actual. En una era en la que los restaurantes abocan todas sus energías hacia la tendencia, la novedad, la viralidad, Bardo es un restaurante relativamente nuevo que apuesta por lo clásico: platillos muy clásicos de la gastronomía internacional, descubiertos por los viajes realizados por los creadores de este espacio o por amigos; un sentido de comunidad que ya no suele verse en estos espacios (aquí, si un cliente tiene una buena idea, puede acabar en el menú del restaurante) y sobre todo un servicio a la vieja usanza: elegante, sí, pero también generoso y muy cercano. No hay persona que pase por el marco de su puerta que no sienta que esté siendo recibida en la casa de algún amigo.
La cocina como obra colectiva
Su carta tiene igual la cualidad de un animal extraño: amplia pero específica, diversa (los platillos no pertenecen a un solo país) pero con un claro sentido de selección. No hay plato que esté aquí por casualidad. Y esto le otorga a Bardo una identidad firme, solventada no en un branding manufacturado por alguna agencia o en lo que dictan las tendencias de la restaurantería actual, sino en el gusto, el auténtico placer.
Bardo debe su nombre a uno de los cuatro amigos detrás de este proyecto, pero si no nos dijeran esto podría pensarse que este restaurante ubicado en La Paz es un homenaje al Bardo que la literatura universal reconoce como una de las mejores plumas de la historia. Y aunque en realidad este espacio no comparte nada con el escritor, hay una cualidad que ambos comparten de forman incidental: al igual que muchos de los trabajos de Shakespeare, la autoría aquí también es colectiva. Alguien propone un plato, lo prueba el equipo completo, un cliente comenta algo y entonces se llega a un resultado. Ahí está por ejemplo el pescado Toñito Vázquez, bautizado en honor al cliente que con sus comentarios ayudó a dar con la versión definitiva de este plato, y en el proceso, terminó otorgándole a Bardo uno de sus platillos más representativos.
Su carta tiene igual la cualidad de un animal extraño: amplia pero específica, diversa (los platillos no pertenecen a un solo país) pero con un claro sentido de selección. No hay plato que esté aquí por casualidad. Y esto le otorga a Bardo una identidad firme, solventada no en un branding manufacturado por alguna agencia o en lo que dictan las tendencias de la restaurantería actual, sino en el gusto, el auténtico placer.
Bardo debe su nombre a uno de los cuatro amigos detrás de este proyecto, pero si no nos dijeran esto podría pensarse que este restaurante ubicado en La Paz es un homenaje al Bardo que la literatura universal reconoce como una de las mejores plumas de la historia. Y aunque en realidad este espacio no comparte nada con el escritor, hay una cualidad que ambos comparten de forman incidental: al igual que muchos de los trabajos de Shakespeare, la autoría aquí también es colectiva. Alguien propone un plato, lo prueba el equipo completo, un cliente comenta algo y entonces se llega a un resultado. Ahí está por ejemplo el pescado Toñito Vázquez, bautizado en honor al cliente que con sus comentarios ayudó a dar con la versión definitiva de este plato, y en el proceso, terminó otorgándole a Bardo uno de sus platillos más representativos.
Tosta de boquerones
Filete Wellington
Filete Wellington
Pastel de chocolate
Aquí los platillos se discuten, se prueban y se respetan. Hay recetas clásicas reinterpretadas, como su filete Wellington, un clásico del siglo XIX que ha sido afinado para mantener lo que los principios gastronómicos exigen para un plato de la más alta calidad, pero también, otorgarle una identidad propia. O algo tan sencillo como sus tostas de boquerones y anchoa, donde se ve el paladar sabio de las personas detrás de este proyecto, haciendo de lo sencillo algo elevado.
Mención especial merecería su pastel de chocolate, una auténtica sorpresa, no sólo de sabor sino como una obra visual; una auténtica deconstrucción, pese a que esta palabra ha sido muy mancillada en los círculos gastronómicos. Cubos de chocolate oscuro se estructuran como una pequeña pieza brutalista en un plato y son sazonados con aceite de oliva y sal.
El verdadero corazón de Bardo
“La comida de un restaurante puede ser excelente, pero si el servicio es malo, la experiencia se ve arruinada por completo”, nos platica uno de los socios. Es aquí donde entra Enrique, una de las 4 piezas de este proyecto que con sus más de 40 años de experiencia en el mundo del servicio, la hospitalidad y la gastronomía, nos recuerda por qué el servicio es una parte esencial de los restaurantes.
En nuestra primera visita, Enrique, el coordinador de todo el equipo de piso, fue la primera cara que nos recibió, con una cara amable y una forma de hablar que haría sentir a cualquiera que es un amigo de hace años. En aquella ocasión llegó a nuestra mesa a preguntar si todo estaba bien con el servicio y ante la petición de recomendaciones de platos de su carta para alguien que era su primera visita, nos dio una respuesta honesta, contundente, sin medias tintas. Y esto sólo lo puede ser alguien, no sólo que conoce bien su proyecto, sino a quien los años de experiencia le han enseñado a leer el comensal perfectamente, a identificar qué será lo que haga de su experiencia la mejor, desde el trato, hasta aquello que llegue a su mesa.
Si bien Enrique es la primera cara con la que en aquella ocasión nos topamos, y sin duda una de las más amables que hemos visto en un buen rato en los restaurantes, es una de las más de 20 personas que hacen posible esta experiencia. Y es justo en este colectivo conformado por meseros, cocineros, chefs, amigos, esposas e hijos, que está el corazón de Bardo.
Bardo no es solo una cocina de autor colectivo; es una comunidad que entiende la gastronomía como oficio, pasión y sustento.
Quizá por eso, cuando se les pregunta qué debería llevarse un visitante, la respuesta converge: una experiencia. Comer bien, ser atendido con calidez y descubrir que la mesa puede ser territorio de encuentro. En Bardo, la comida no es únicamente alimento: es memoria en construcción, conversación compartida y la certeza de que, a veces, el mejor restaurante es aquel que nace del deseo honesto de sentarse a gusto con los propios.