Orlando

Cuando al fin seamos libres

Orlando

Tras un largo sueño y al ritmo de sus propios latidos, Orlando despierta. Lentamente se incorpora y retira su peluca de diplomático del siglo XVIII. Debajo, una larga cabellera que no estaba antes ahí. Se quita la ropa y se acerca a una pileta para lavarse la cara. El aire brilla. Tras unos instantes viendo hacia la nada, voltea y observa su cuerpo desnudo frente al espejo: un par de senos, caderas y una vagina. No hay maravilla, no hay horror, sólo contemplación. “La misma persona. Ninguna diferencia en lo absoluto”, dice frente al espejo. Y de repente rompe la cuarta pared, nos mira fijamente y concluye: “sólo un sexo diferente”.

En 1992, la directora británica Sally Potter realizó una tarea nada fácil: adaptar al cine Orlando: A Biography, la novela que en octubre de 1928 publicó Virginia Woolf y que narra la historia del personaje titular (un poeta que decide vivir 300 años sin envejecer y que cambia de sexo de forma repentina). En ella, Woolf satiriza y critica la homofobia, el machismo y el sexismo de la época, así como la visión sesgada de la historia que los teóricos británicos de entonces tenían (negando, por ejemplo, el papel de las mujeres en la literatura), e incluso, el imperialismo y la política británicas.

Pero no sólo eso, Orlando es también una de las mayores cartas de amor que se hayan escrito: la escritora y aristócrata Vita Sackville-West, con quien Virginia Woolf vivió durante una década un intenso romance y una amistad de por vida, es la base para el personaje titular: con sus cualidades, sus peculiaridades (de las que la sardónica escritora no tiene reparo en burlarse) y sus heridas. De hecho, la historia nace de una muy profunda: por el hecho de ser mujer, Sackville-West no pudo heredar la casa en la que nació y creció.

Al igual que Woolf, Potter se adelanta a su época y no tiene reparos en jugar con el género: en el filme, una anciana Reina Isabel es interpretada de forma espectacular por el ícono cinematográfico gay, Quentin Crisp; de igual manera, Jimmy Somerville, el andrógino vocalista de la banda abiertamente gay Bronski Beat interpreta primero a un castrato y posteriormente al ángel dorado que le anunciará a Orlando su libertad; tanto en la película como en la novela, el cambio de sexo de Orlando no altera su personalidad, si acaso, le hace más libre y le permite hacer cosas que, literalmente, llevaba siglos queriendo hacer. En la novela, ni el sexo ni el género son una determinante para las parejas que su protagonista elige, e incluso Shelmerdine, el capitán con quien se casa hacia el final de la obra, es de género fluido, justo como Orlando.

Potter aprovecha el lenguaje cinematográfico al máximo y, así como juega con el género de sus actores, hace lo mismos con géneros cinematográficos y musicales. La película puede ser vista como un drama de época con tintes cómicos, o como una comedia muy inteligente que brinca entre eras hasta llegar a los años noventa.

Por su parte, el soundtrack es una composición realizada por Potter misma en colaboración con David Motion, en la que mezclan con gran precisión música barroca y electrónica. Épocas mezcladas, géneros combinados. Todos vueltos uno mismo.

Al final, tanto en la novela como en el filme, Orlando encuentra la realización de formas similares: ambas han conseguido imprimir una obra literaria que llevaban siglos luchando por publicar (una un poema, otra un libro) y ambas se han convertido en madres (curiosamente, en la novela Orlando tiene un niño y en la película una niña).

Mientras su hija graba con una videocámara el campo, Orlando se sienta debajo de un árbol y reflexiona. Un ritmo house mezclado con un clarinete comienza a sonar, una campana y un potente canto. Orlando mira con los ojos llorosos y mientras una lágrima se desliza por su mejilla, Somerville nos canta lo que pasa por su mente:

“en este momento de unidad, sintiendo el éxtasis de estar aquí y ahora, por fin soy libre”

“¿Por qué estás triste?”, pregunta la niña. “No, lo estoy…estoy feliz, mira hacia arriba”.

La expresión de Swinton en esta escena final es extraordinariamente precisa: tras siglos de recorrer el mundo y la vida, Orlando por fin se ha convertido en la persona que siempre quiso ser.

En septiembre de este año, Orlando, la película, cumplirá 25 años de haber sido exhibida por primera vez en el Festival de Cine de Venecia; y al igual que su personaje principal, no sólo no se ha desvanecido, no se ha marchitado, ni ha envejecido, sino que se mantiene más relevante y necesaria que nunca.

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